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Doctor en Filosofía del Arte de la Universidad de Salamanca, España SUMA CUM LAUDE. Máster en Estudios Avanzados en Filosofía de la Universidad de Salamanca, España (2012-2013). Igualmente tiene un Másteren Gestión y Políticas Culturales Cátedra de la Unesco en la Universidad de Girona, España 2003-2005. Culmina una Especialización en Estudios Superiores de Composición Coreográfica en la Folkwang University of Arts en Essen en 1995, Alemania. Tiene Estudios de Danza Contemporánea. Es Licenciado en Artes en la Universidad Central de Venezuela. Fue Intérprete en las Compañías Abelardo Gameche Danza Teatro (1984-1987) y Acción Colectiva (1987-1992) en Venezuela. En su estadía por Europa, bailó junto a Mark Tompkins en Copenhague en Dinamarca 1995 y 1996 y formó parte de la compañía Illegal Dreams Society dirigida por Isnel Da Silveira en Bélgica y Dinamarca, entre 1995-1997. Es fundador del Instituto Universitario de Danza en 1999 y desde 2008 Universidad Nacional Experimental de las Artes UNEARTE, donde es Maestro Honorario (2011)

martes, 30 de octubre de 2012

LECTURA COMPLEMENTARIA II






. LECTURAS COMPLEMENTARIAS II
Para ser leida en casa  
Graciela Fainstein: Michel Henry y la teoría ontológica del cuerpo subjetivo



Lectura  recomendada II


Mundo y cuerpo están, de este modo, estrechamente unidos en la experiencia,
configurando un conocimiento ontológico y una definición del Ser y,
al mismo tiempo, de la vida. Esto quiere decir que nunca el encuentro entre
el movimiento de nuestro cuerpo y los objetos del mundo es algo que ocurra
como un hecho casual o algo sorprendente, sino que esta experiencia
forma parte de lo esperado, de lo que sabemos que ocurre desde siempre,
de aquello que sabemos que va a ocurrir como el hecho más básico de
nuestra vida

Su lado negativo, la muerte, es vista entonces como “la desaparición total
de los poderes de mi cuerpo”. “El mundo ―dice Henry― es la totalidad
de los contenidos de todas las experiencias de mi cuerpo, el término de todos
mis movimientos reales o posibles. El ser de estos movimientos es el
ser mismo del conocimiento ontológico y, por lo tanto, no se trata sólo de
los movimientos actuales, presentes o accesibles sino de la posibilidad infinita
de mis movimientos, en sentido general.

Esta idea es la que quiere Henry expresar en el concepto de habitude: el
ser real y concreto de la posibilidad ontológica. El cuerpo es un poder en el
sentido de que es habitude, el conjunto de nuestras habitudes, siendo el
mundo el término de estas habitudes y nosotros sus habitantes:
 Es probable que para poder comprender, en toda su profundidad, la idea que quiere expresar Michel Henry cuando dice que el cuerpo es habitude tengamos que pensar en una traducción más amplia del término habitude que la de “hábito” o “costumbre”, que son las que primero nos vienen a la mente en español. Debemos incluir en la idea del cuerpo como habitude también lo que nos sugiere “hábito” como “hábito del monje” ―es decir, vestidura, regla, tradición, uso, uso repetido que aporta habilidad o conocimiento, también lugar o morada. En ese sentido aparece más claramente también la asociación con la idea de “habitar el mundo”, ser sus “habitantes”. La traducción, por tanto, del término habitude
como “hábito” o “costumbre” me pareció que limitaba la amplitud de la idea expresada por Henry y por eso he preferido dejar en este texto el término original en francés.
Cuerpo y alteridad
Habitar, frecuentar el mundo, es el hecho de la realidad humana, y este
carácter de habitación es un carácter ontológico que sirve para definir el
mundo en el cual el cuerpo es el habitante.

Todo conocimiento será entonces un reconocimiento. Cada acto de mi
cuerpo, cada movimiento sería algo más que un acto aislado y singular, sería
la posibilidad; el poder de efectuar ese movimiento de manera general
(no sólo un movimiento concreto, de prensión o de recorrido, por ejemplo)
lleva en sí mismo todos los movimientos pasados y futuros posibles respecto
de un objeto y de todos los objetos del mundo.

Al afirmar que el ser del cuerpo es habitude lo que se quiere expresar es
una posibilidad general e indefinida de conocimiento, como posibilidad real
del Yo, como actualidad ontológica y como identidad del cuerpo: “El cuerpo,
no es un saber instantáneo, es ese saber permanente que es mi existencia
misma, él es memoria”.

El cuerpo es, entonces, memoria. Este carácter de memoria es inherente
al cuerpo mismo, a su poder de actuar, de moverse y de vivir. El cuerpo
guarda la clave de sus primeros acercamientos, de sus contactos con las cosas,
con el mundo; y esta clave ―este secreto― es la que nos permite acceder
al mundo, a todos los objetos. Por tanto, al pertenecer nuestro movimiento
―nuestro poder de movimiento― a una esfera de inmanencia absoluta,
nuestro conocimiento del mundo no es nunca conocimiento nuevo.

Puede ser nuevo en cuanto a su contenido empírico concreto en cada caso,
pero ontológicamente es un conocimiento tan antiguo como nuestra existencia.
Habitude y memoria están estrechamente relacionadas: la primera
es el fundamento de la segunda en tanto que cada acto, cada movimiento,
encierra esta posibilidad de su repetición. El conocimiento es reconocimiento.
El ser originario del cuerpo subjetivo es el ser real del conocimiento ontológico
y por tanto una posibilidad de conocimiento en general, un saber
del mundo en ausencia de él, un recuerdo del mundo, memoria de sus formas,
conocimiento a priori de su ser y sus determinaciones.

¿En qué está basada entonces la unidad de nuestro ser, de nuestro
cuerpo, de nuestro Yo? Para Henry esta unidad no proviene de la memoria:
no es a través del recuerdo, ni por mediación del tiempo, que poseemos la
unidad de nuestro ser en el conjunto de nuestros actos y movimientos.
La unidad de nuestro ser a través del tiempo requiere un fundamento; y
éste es l’habitude. La unidad de nuestro ser no sería, entonces, algo constituido
por protenciones y retenciones sino que es inmanente al ser de nuestro
conocimiento ontológico, se confunde con él.
Desde esta perspectiva, la unidad de nuestro ser se identifica con una
vivencia íntima, que tiene sentido propio y que no se deriva de ninguna experiencia ni juicio anterior. La identidad personal es algo que se nos da originariamente, sin mediación alguna, con un sentido original y propio que
perdura a través del tiempo. La memoria y el recuerdo no fundan nuestra
identidad sino que, por el contrario, es nuestra identidad la base de estas
facultades psicológicas.

Maine de Biran había denominado esta unidad originaria “reminiscencia
personal” y le dio el sentido mismo de la existencia. Esta “reminiscencia
personal” se distingue de la memoria propiamente dicha como pensamiento
del pasado. La reminiscencia o memoria originaria sería como una “protomemoria”
que conforma nuestro cuerpo como el conjunto de todas nuestras
habitudes; pero no debe interpretarse como “inconsciente” o como una región
oscura y enigmática sino como una región originaria de nuestra subjetividad
absoluta.

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