. LECTURAS COMPLEMENTARIAS II
Para
ser leida en casa
Graciela Fainstein:
Michel Henry y la teoría ontológica del cuerpo subjetivo
Lectura
recomendada II
Mundo y cuerpo están, de este modo, estrechamente unidos en
la experiencia,
configurando un conocimiento ontológico y una definición del
Ser y,
al mismo tiempo, de la vida. Esto quiere decir que nunca el
encuentro entre
el movimiento de nuestro cuerpo y los objetos del mundo es
algo que ocurra
como un hecho casual o algo sorprendente, sino que esta
experiencia
forma parte de lo esperado, de lo que sabemos que ocurre
desde siempre,
de aquello que sabemos que va a ocurrir como el hecho más
básico de
nuestra vida
Su lado negativo, la muerte, es vista entonces como “la
desaparición total
de los poderes de mi cuerpo”. “El mundo ―dice Henry― es la
totalidad
de los contenidos de todas las experiencias de mi cuerpo, el
término de todos
mis movimientos reales o posibles. El ser de estos
movimientos es el
ser mismo del conocimiento ontológico y, por lo tanto, no se
trata sólo de
los movimientos actuales, presentes o accesibles sino de la
posibilidad infinita
de mis movimientos, en sentido general.
Esta idea es la que quiere Henry expresar en el concepto de habitude:
el
ser real y concreto de la posibilidad ontológica. El cuerpo
es un poder en el
sentido de que es habitude, el conjunto de nuestras habitudes,
siendo el
mundo el término de estas habitudes y nosotros sus habitantes:
Es probable que para
poder comprender, en toda su profundidad, la idea que quiere expresar Michel
Henry cuando dice que el cuerpo es habitude tengamos que pensar en una traducción
más amplia del término habitude que la de “hábito” o “costumbre”, que
son las que primero nos vienen a la mente en español. Debemos incluir en la
idea del cuerpo como habitude también lo que nos sugiere “hábito” como
“hábito del monje” ―es decir, vestidura, regla, tradición, uso, uso repetido
que aporta habilidad o conocimiento, también lugar o morada. En ese sentido
aparece más claramente también la asociación con la idea de “habitar el mundo”,
ser sus “habitantes”. La traducción, por tanto, del término habitude
como “hábito” o “costumbre” me pareció que limitaba la
amplitud de la idea expresada por Henry y por eso he preferido dejar en este
texto el término original en francés.
Cuerpo y alteridad
Habitar, frecuentar el mundo, es el hecho de la realidad
humana, y este
carácter de habitación es un carácter ontológico que sirve
para definir el
mundo en el cual el cuerpo es el habitante.
Todo conocimiento será entonces un reconocimiento. Cada acto
de mi
cuerpo, cada movimiento sería algo más que un acto aislado y
singular, sería
la posibilidad; el poder de efectuar ese movimiento de
manera general
(no sólo un movimiento concreto, de prensión o de recorrido,
por ejemplo)
lleva en sí mismo todos los movimientos pasados y futuros
posibles respecto
de un objeto y de todos los objetos del mundo.
Al afirmar que el ser del cuerpo es habitude lo que
se quiere expresar es
una posibilidad general e indefinida de conocimiento, como
posibilidad real
del Yo, como actualidad ontológica y como identidad del
cuerpo: “El cuerpo,
no es un saber instantáneo, es ese saber permanente que es
mi existencia
misma, él es memoria”.
El cuerpo es, entonces, memoria. Este carácter de memoria es
inherente
al cuerpo mismo, a su poder de actuar, de moverse y de
vivir. El cuerpo
guarda la clave de sus primeros acercamientos, de sus
contactos con las cosas,
con el mundo; y esta clave ―este secreto― es la que nos
permite acceder
al mundo, a todos los objetos. Por tanto, al pertenecer
nuestro movimiento
―nuestro poder de movimiento― a una esfera de inmanencia
absoluta,
nuestro conocimiento del mundo no es nunca conocimiento nuevo.
Puede ser nuevo en cuanto a su contenido empírico concreto
en cada caso,
pero ontológicamente es un conocimiento tan antiguo como
nuestra existencia.
Habitude y memoria están estrechamente relacionadas:
la primera
es el fundamento de la segunda en tanto que cada acto, cada
movimiento,
encierra esta posibilidad de su repetición. El conocimiento
es reconocimiento.
El ser originario del cuerpo subjetivo es el ser real del
conocimiento ontológico
y por tanto una posibilidad de conocimiento en general, un
saber
del mundo en ausencia de él, un recuerdo del mundo, memoria
de sus formas,
conocimiento a priori de su ser y sus determinaciones.
¿En qué está basada entonces la unidad de nuestro ser, de
nuestro
cuerpo, de nuestro Yo? Para Henry esta unidad no proviene de
la memoria:
no es a través del recuerdo, ni por mediación del tiempo,
que poseemos la
unidad de nuestro ser en el conjunto de nuestros actos y
movimientos.
La unidad de nuestro ser a través del tiempo requiere un
fundamento; y
éste es l’habitude. La unidad de nuestro ser no
sería, entonces, algo constituido
por protenciones y retenciones sino que es inmanente al ser
de nuestro
conocimiento ontológico, se confunde con él.
Desde esta perspectiva, la unidad de nuestro ser se
identifica con una
vivencia íntima, que tiene sentido propio y que no se deriva
de ninguna experiencia ni juicio anterior. La identidad personal es algo que se
nos da originariamente, sin mediación alguna, con un sentido original y propio
que
perdura a través del tiempo. La memoria y el recuerdo no
fundan nuestra
identidad sino que, por el contrario, es nuestra identidad
la base de estas
facultades psicológicas.
Maine de Biran había denominado esta unidad originaria
“reminiscencia
personal” y le dio el sentido mismo de la existencia. Esta
“reminiscencia
personal” se distingue de la memoria propiamente dicha como
pensamiento
del pasado. La reminiscencia o memoria originaria sería como
una “protomemoria”
que conforma nuestro cuerpo como el conjunto de todas
nuestras
habitudes; pero no debe interpretarse como
“inconsciente” o como una región
oscura y enigmática sino como una región originaria de
nuestra subjetividad
absoluta.


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